viernes, 27 de noviembre de 2009

Acercarse lo suficiente

Mucho se habla últimamente sobre la decadencia del periodismo. Parece mentira que con los tiempos que corren, con las enormes ventajas que la globalización puede ofrecer a este sector profesional, se diga que se está atravesando un periodo de crisis creativa. Pero es cierto. El otro día escuché decir en algún medio de comunicación, refiriéndose al caso del atunero "Alakrana" recientemente liberado del secuestro por piratas somalíes, que el periodismo estaba entrando en una espiral de autodestrucción al focalizar sus líneas y sus fotografías sobre los aspectos más facilones de la profesión: el sensacionalismo y el victimismo. (a la izq.: "The afghan girl", por Steve McCurry, 1984)

Bien, esto es cierto, pero es así por una razón muy simple. Esta misma globalización permite a un fotógrafo tomar una fotografía de 12 megapíxeles en el Himalaya a las doce del mediodía, y que a los dos o tres minutos ya esté dentro de las aplicaciones de maquetación de innumerables revistas y diarios desde Tokio hasta Nueva York. Pero al mismo tiempo, esta globalización hace que sean muy pocas las agencias que controlan a decenas de miles de periodistas repartidos por todo el mundo -AP, AFP y EFE las más importantes-, y las pautas que aconsejan seguir a sus empleados son casi siempre las mismas, siguiendo un criterio muy uniforme. Sumado esto a que estas agencias se reparten prácticamente el 90% del pastel informativo, todo resulta en un alarmante descenso de la creatividad, del periodismo de investigación real, y del periodismo de crítica o denuncia. (a la izq.: "New York City", por Elliot Erwitt.)

Atrás quedan los tiempos de agencias como la Magnum, fundada en 1947 por periodistas tan ilustres como David Seymour, Ernö Andrei Friedmann -más conocido como Robert Capa (a la izq., durante un reportaje en la 2ª Guerra Mundial)-, el francés Henri Cartier-Bresson o George Rodger, por citar a algunos. Hoy en día tan sólo algunas entidades de relevancia como National Geographic Society o la extinta -en papel, pero no en formato digital- revista Life siguen manteniéndose firmes en sus ideales de fotoperiodismo, y siguen apoyando proyectos y documentales independientes, al margen de esas todopoderosas agencias internacionales.

Ya no abundan la pericia, el valor, el interés, y por qué no, la solidaridad de fotoperiodistas como Elliot Erwitt, a mi juicio el mejor fotógrafo artístico de la Historia, el documentalista Steve McCurry -autor de la famosísima foto "The afghan girl" en 1984-, David Seymour, ametrallado en 1956 durante la Crisis de Suez, el fotógrafo iraní Reza Deghati, colaborador habitual de National Geographic Society en nuestros días, Inge Morath, la "suprema sacerdotisa de la fotografía", en palabras del genial director de cine John Huston, técnicos de la luz como Werner Bischof, fotógrafo suizo fallecido en un accidente en los Andes peruanos en 1954, o el caso de oportunistas geniales como el cubano Alberto Korda, autor del retrato más famoso de la Historia de la fotografía, o Marc Riboud, que en 1967 congelaría en una imagen el icono del movimiento hippie en Estados Unidos durante los años sesenta con la fotografía "Jan Rose". (a la izq.: "Guerrillero Heroico", de A. Korda, y a la der.: "Jan Rose", tomada por Riboud en Washington D.C. durante una manifestación pacifista en contra de la intervención norteamericana en Vietnam.)

Prácticamente todas las imágenes de todos estos fotógrafos poseen una característica común, perfectamente expuesta en una frase salida de la mente de Robert Capa, poco antes de pisar la mina que terminaría con su vida, mientras inmortalizaba la Primera Guerra de Indochina en el actual Vietnam, en 1954: "Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente."

Por suerte, todavía hoy quedan fotógrafos capaces de traernos imágenes como el retrato de esta niña pashtún, en Afganistán. Su autor: el persa Reza Deghati.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El libro del mes: Pelham Uno, Dos, Tres

Título original: The taking of Pelham One Two Three
Autor: John Godey
Editorial: Plaza & Janes
Impreso en: España
Edición: 1ª Edición febrero 1974

Páginas: 311, 19x12,3 cm. Cubierta de tapa dura.

Nunca subestiméis lo que una estantería de vuestra casa os puede ocultar. En mi caso, el verano pasado descubrí esta pequeña gran joya de la literatura por pura casualidad, indagando en un estante perdido y olvidado, entre los muchos viejos libros que mi padre tenía sobre el ferrocarril. No conocía a John Godey, su autor, ni mucho menos esta novela. Leí la sinopsis en la contracubierta, y me pareció interesante. Luego aluciné con el libro. "Y aún por encima, ¡el original de 1974!" -pensé-.

Y, lo que son las casualidades de la vida, poco después de leerme el libro, en una de esas extrañas ocasiones en que piso una sala de cine, vi un trailer del nuevo remake cinematográfico de "Pelham Uno, Dos, Tres" (Joseph Sargent, 1974), esta vez a cargo de un tal Tony Scott (del que sólo quiero recordar "Amor a quemarropa" y "Spy Game"), John Travolta y Denzel Washington. Según la crítica -yo todavía no la vi- resulta un tanto aburrida y monótona, sobre todo si se la compara con su predecesora. (a la izqu.: Una de las portadas del libro, y a la derecha su autor, John Godey)

Pero como esto es El libro del mes, vamos a hablar de la novela del neoyorquino John Godey en vez de las películas que se basaron en ella. Si alguien quiere conocer el metro de Nueva York no tiene más que leerse este libro. Es increíble con qué fluidez y
con qué cantidad de detalles nos describe Godey el famoso tren subterráneo de la Gran Manzana. Y qué mejor escenario para una novela policíaca de las de antes. El suspense y el thriller se mascan en cada página de una forma muy lograda, la claustrofóbica historia de un secuestro claustrofóbico, nada menos que el de un vagón de metro, por un puñado muy dispar de delincuentes, y el retrato con precisión casi quirúrgica del no menos dispar grupo de pasajeros de ese Pelham Uno Dos Tres. John Godey entra de lleno en las vidas de todos los protagonistas de esta novela, desde Ryder, el líder de los secuestradores, hasta el más sencillo empleado de la Jefatura de Tráfico. Los flashbacks se suceden de manera muy acertada y certera, y la puesta en escena de cada secuencia hacen que esta novela parezca más un guión de una película.

Y no todo termina aquí. Además de esto, Pelham Uno Dos Tres nos ofrece el retrato de la sociedad de la costa Este norteamericana en su plenitud. Aquel Nueva York de los setenta con sus problemas de gran metrópoli, sus movimientos sociales, la enorme heterogeneidad de sus habitantes, la problemática racista y de clases, o la vida política de ese alcalde al que un extraño secuestro lo pilla metido en cama, con cuarenta gra
dos de fiebre y un resfriado monumental. Digamos que no es el libro perfecto... pero casi.


martes, 10 de noviembre de 2009

La otra cara del Muro de Berlín

Resulta curioso que precisamente por estas fechas se esté hablando tanto en tantísimos medios de comunicación sobre el 20º Aniversario de la caída del Muro de Berlín. Se hace hincapié cien mil veces si es necesario en la terrible y agónica decadencia de un sistema económico, político y social -el comunista- que provocó la reunificación de las dos alemanias. Lo digo porque es precisamente en estos días cuando estamos asistiendo -ya parece que acomodándonos incluso- a la misma decadencia y desestructuración del otro sistema económico, político y social, el que resultó como "vencedor" en aquellos días de 1989. (La Puerta de Brandemburgo en los días de la caída del Muro de Berlín)

Una vez más, y gracias a la globalización, en televisión, radio, prensa escrita, en todas partes se habla sobre este acontecimiento histórico. Se publican reportajes, se emiten especiales y se proyectan documentales en todas las cadenas y canales de información. Se mantiene casi siempre la infantil y ya hedionda idea de que todos nos sorprendimos cuando cayó el Muro de Berlín, cuando era bien conocido por todos -por todos los que se interesasen por ello, claro- que Alemania Oriental, y a un nivel superior, la URRSS, arrastraban una crisis irreversible que terminaría en la desaparición de la primera y la desintegración de la segunda. Y también, curiosamente, en la inmensa mayoría de las ocasiones se predica la misma moraleja final: los ciudadanos de Alemania del Este obtuvieron, con la caída del Muro, la libertad y el acceso al Paraíso Terrenal.

No se suele hablar de que, por ejemplo, nada más caer el Muro de Berlín, prácticamente el 12% de la población de Alemania del Este se quedó sin trabajo al pasar a la Comunidad Económica Europea, ya que ese era el porcentaje que se ocupaba del sector de la agricultura en la Alemania prosoviética. Tampoco se habla de que Berlín Oeste vivía del mercado negro y del contrabando de múltiples productos básicos obtenidos a muy buen precio en Alemania Oriental, precisamente a costa de esa agricultura. Realmente esa fue una de las razones que llevaron a los dirigentes orientales a levantar el Muro en 1961. Pero si queremos encontrar razones, hay muchas más: espionaje, sabotaje, infiltración política, propaganda, inmigración clandestina, y un largo etcétera que, si bien no justifican para nada la injustificable división forzada de seres humanos, sí que ayudan a entender por qué Alemania del Este decidió levantar un muro tan costoso y tan vigilado.

Resulta triste comprobar la desilusión de aquellos alemanes del Berlín Oriental al darse cuenta de lo que ofrecía en realidad el sistema capitalista del Berlín Occidental. En el Este no podían comprarse fácilmente un Mercedes, un BMW, una lavadora nueva, ropa francesa, zapatos italianos o relojes suizos. Viajar a Cuba, Hungría o a la Unión Soviética no era suficiente, y no podían conocer otros países fuera del bloque socialista, ni disfrutar de la Costa del Sol en los días de vacaciones, como sí hacían los alemanes occidentales. Los obreros no podían escoger aquella profesión para la que se sentían predestinados, en lugar de trabajar en aquellas monótonas y viejas fábricas, y las amas de casa se lamentaban de no poder disponer de más que dos tipos de hortaliza para preparar la comida. Y todos se pasaban el día deseando que llegase aquel ratito de conectar a escondidas, desafiando a la Stasi, las emisoras de radio o las cadenas de televisión del Berlín Oeste, donde veían durante unos pocos minutos al día las esplendorosas imágenes de los parques y avenidas del Berlín del otro lado, y los anuncios publicitarios, donde siempre aparecían personas sonrientes luciendo algún flamante producto recién adquirido. Ellos, en cambio, siempre calzando los mismos zapatos, siempre vistiendo los mismos abrigos. (a la der.: vista lateral del Muro, con la Puerta de Brandemburgo al fondo).

Por eso, cuando empezaron a derribar a golpe de martillo aquel muro, en el que habían simbolizado toda su desesperanza, no se daban cuenta de lo que en realidad estaban dejando atrás. Cegados por el resplandor del capitalismo, por la posibilidad de poder acceder a todo aquello que se les mostraba desde el otro lado de aquel muro, no se dieron cuenta de que en pocos meses iban a sufrir las dos caras de la misma moneda. El paro laboral, algo a lo que ellos no estaban acostumbrados, se cebó en los alemanes orientales. El famoso concepto de economía planificada de Alemania del Este se vino abajo en un solo instante, y decenas de miles de trabajadores se quedaron sin su lugar de trabajo. Se acabaron los beneficios de una sociedad comunista, se quedaron sin calefacción gratuita en pleno invierno, sin poder acceder a una enseñanza universal pública y gratuita, sin aquellas dos hortalizas para hacer la comida. Y sin aquellos puestos de trabajo en aquellas viejas fábricas, ya que un altísimo porcentaje de ellas entraron en quiebra al no poder competir con las de Alemania del Oeste, los especuladores cayeron como buitres y estas empresas pasaron a manos privadas, junto con decenas de empresas estatales que ofrecían a la población servicios básicos prácticamente a precio de coste como el transporte, la energía, el agua, el gas, etc, y que fueron vendidas pensando sólo en el beneficio económico a corto plazo.

De la noche a la mañana todo se esfumó. Todos aquellos que antes tenían un empleo estable en Berlín del Este, aquellos que habían visto incrementados sus salarios significativamente desde 1980 a 1983 -más que en toda la década de 1970-, todos los que pagaban el alquiler de su vivienda con menos del 10% de su salario mensual, o todos aquellos que formaban parte de aquel 61% de población alemana oriental que disponía de uno o varios coches en sus respectivos hogares, y que sus hijos disfrutaban del acceso gratuito a universidades de todo el bloque socialista, todos ellos se vieron después subsistiendo bajo el umbral de la pobreza en sus respectivas ciudades o barrios. No sólo se habían terminado aquellas veladas del viernes en las mejores óperas y teatros del Berlín Oriental prácticamente gratis, sino que ahora debían ingeniárselas para poder comprar aquella barra de pan que antes costaba 5 céntimos de marco oriental, y ahora no se podían permitir. Ingeniárselas para no morirse de frío delante de aquellas salamandras enlozadas que antes calentaban día y noche sin interrupción. Sus hijos debían dejar los estudios en secundaria para conseguir algún trabajo, seguramente en el mercado negro o el contrabando, para poder mantener el hogar, porque su padre estaba desempleado, y el ama de casa ya no tenía dos hortalizas que echarle a la olla. Pero eso sí, podían todos ellos ahora acceder a comprarse un Mercedes, o irse a veranear a la Costa del Sol. Tardarían veinte años en darse cuenta: una reciente encuesta de la Universidad de Halle-Wittenberg dice que el 96% de los habitantes del la región de Sajonia-Anhalt añoran la Alemania Oriental porque entonces vivían mejor. Incluso el 23 % desearían volver a tener el Muro. Hasta los alemanes de Berlín Occidental echan de menos los tiempos de las dos alemanias, ya que el flujo de dinero de todo Occidente hacia la frontera del "telón de acero", dedicado a embellecer y engalanar la ciudad de manera ostentosa se había terminado.

El Muro de Berlín fue una barbaridad. Como lo son hoy en día otros muros, como el que está levantando Israel en Palestina, el que discurre por la frontera entre Estados Unidos y México, las alambradas y campos minados que construyeron los marroquíes contra el Pueblo Saharaui, o el que Occidente mantiene entre las dos Koreas. Fue una barbaridad, cierto, y ni esto pretende ser un artículo de defensa de un sistema oxidado y corrupto como lo fue el de Alemania del Este en sus años finales, ni la desaparición del muro fue la resolución de todos los males del planeta. Como dice muy acertadamente Julio Anguita en una entrevista que le hicieron estos días, "al equilibrio del terror que había antes le sustituyó un desequilibrio terrorífico", aludiendo a lo pernicioso de la hegemonía mundial que una superpotencia puede ejercer sobre el mundo, en este caso Estados Unidos. Nadie en pleno conocimiento de las circunstancias sociopolíticas anteriores y posteriores al Muro de Berlín puede decir que la justicia y la estabilidad mundial están mejor ahora, veinte años después, que en aquellos días de 1989. Pero, como ya sabemos, la Historia la escriben los "vencedores"... (a la izq.: señora de la Alemania del Oeste saludando a sus familiares de la zona Este)

martes, 3 de noviembre de 2009

Y la incertidumbre se hizo luz...

... pero luz artificial. En la última entrada sobre Fórmula 1 que escribí faltaban cinco días exactos para el comienzo de esta temporada 2009, y este fin de semana finalizó con la bandera a cuadros en la última vuelta del Gran Premio de Abu Dhabi, en el futurista y flamante Yas Marina Circuit. En dicha entrada hablé sobre todo lo que prometía esta temporada cargada de novedades, modificaciones en el reglamento y en las especificaciones técnicas de los coches, nuevos circuitos, y la famosa implementación del KERS (Kinetic Energy Recovery System), aquel invento que prometía 80CV extra durante 7 segundos por cada vuelta, y sobre el cual expresé mis dudas en aquella misma ocasión.

Pocas veces una temporada en la F1 había levantado tanta expectación, y pocas veces el resultado final tras la última carrera de este domingo fue tan insípido. Vayamos por partes. Resultó que el KERS fue un auténtico lastre para aquellas escuderías que lo implementaron en sus bólidos -y que diseñaron todo su coche en torno a él y sus 40Kg de peso- y que arrastraron problemas de set-up del coche en muchos circuitos al no poder contar con ese espacio extra para poder distribuir los verdaderos lastres y plomos que se agregan a un monoplaza para hacerlo más ágil y estable. En cambio, las ventajas que ofrecía en la mayoría de las ocasiones se limitaban a hacer una buena salida, ventaja que se veía luego empañada por la poca o nula competitividad de los coches que lo llevaban respecto a los que iban sin él, sobre todo en la primera mitad del campeonato. (izq: las descargas eléctricas dejarán de preocupar a los mecánicos con la desaparición del KERS en 2010)

Pero desde un principio la clave de la temporada rondó en torno a las nuevas reglas sobre la aerodinámica de los coches. Concretamente sobre una pieza que pasa muy desapercibida, pero que es fundamental para el diseño del resto del bólido: el difusor trasero. La escudería Brawn GP (equipo privado heredero de la todopoderosa Honda, y que pocos días antes de empezar la temporada no sabía si podría competir por problemas económicos- y su nuevo propietario, el mítico ingeniero Ross Brawn, se hicieron con seis victorias en las siete primeras carreras del año gracias a un difusor trasero completamente diferente del resto, al aprovechar una vacío legal en el reglamento de las especificaciones técnicas de aerodinámica. Hubo posteriormente una comisión destinada por la FIA (Fédération Internationale de l´Automobile) para investigar el caso, declarando legales los difusores de Brawn GP. Para cuando el resto de los equipos trataron de adaptar unos difusores similares para intentar hacer frente al nuevo equipo, ya era demasiado tarde: Jenson Button, un piloto mediocre, consiguió ser campeón de Fórmula 1 gracias a esta pieza aerodinámica y a los puntos obtenidos en esa primera mitad del Mundial. Más adelante se supo que esta "laguna" legal fue premeditada por la FIA, con la intención de que un equipo privado ganase la F1 y así dar la razón a los argumentos de Max Mosley, Presidente de la federación hasta este año, que pretendía contener a las grandes marcas como Ferrari, McLaren, BMW o Renault en favor de equipos privados. La verdad es que en la pretemporada, equipos como Renault habían preguntado a técnicos de la FIA sobre la posibilidad de implementar esta pieza, pero fueron advertidos sobre su posible ilegalidad. Ross Brawn arriesgó, y ganó. (arriba a la izq: Jenson Button, a la der.: el Brawn GP. Abajo: vídeo ilustrativo del KERS)







Otra de las decepciones de esta temporada tan extraña fueron los nuevos circuitos, metidos con calzador en el calendario de la F1 por Bernie Ecclestone. De la debacle de Malasia, con la carrera parada 24 vueltas antes de terminar por poca luz y mucha lluvia -habían cambiado el horario para últimas horas de la tarde, con el fin de poder verlo a la hora de comer en Europa- pasamos a la segunda edición de la bazofia del Valencia Street Circuit, donde comprobamos que los nuevos circuitos son hechos a la medida de los malos pilotos. Y este domingo pasado en Abu Dhabi, más de lo mismo. Mucho lujo, mucha luz, carreras nocturnas, y todas esas cosas, pero 0% de espectáculo. Las carreras se siguen decidiendo en las estrategias del pit-lane, los pilotos pueden cometer cuantos errores quieran, ya que las escapatorias son de asfalto y pueden volver a la pista sin problemas, y ya no hay esas curvas endemoniadas o esas largas rectas rematadas por sectores muy, muy exigentes donde los pilotos tienen que dar lo mejor de sí mismos en cada giro. Esto se sigue convirtiendo en una Fórmula 1 con edulcorante. ¿Dónde están aquellos duelos en Spa-Francorchamps, en Donington Park o Silverstone, o el grandioso A-1 Ring, en medio de plenos alpes austríacos. Circuitos como Interlagos, Imola, Monza, o el desaparecido y rapidísimo Hockenheim son los que dan juego a este deporte, y no esas indigestiones nocturnas de megavatios en Singapur o Abu Dhabi, ni el cemento y las vallas del Valencia Street Circuit, por mucho dinero que reporten a las abarrotadas arcas de Bernie Ecclestone.

Otro de los momentos a destacar de esta temporada que acaba de terminar fue el espeluznante accidente de Felipe Massa a bordo de su Ferrari en la sesión de clasificación del Gran Premio de Hungría. Un muelle de un kilogramo de peso, perteneciente a un amortiguador trasero del Brawn de Rubens Barrichello se desprendió e impactó en el casco del brasileño de Ferrari, provocándole una pérdida de conocimiento, una fractura de cráneo y lesiones oculares, lo que imposibilitó su participación por el resto del año. Afortunadamente este tipo de incidentes tienen una probabilidad de aparición bajísima, pero demuestra que, a pesar de todos los sistemas de seguridad de la F1 de hoy en día, los pilotos se siguen jugando la vida cada vez que se ponen al volante de una de estas máquinas. (abajo: vídeo del accidente de Felipe Massa en Hungría 2009)







En 2010 se aventuran novedades, una vez más. Se aparta definitivamente al KERS, y se elimina la posibilidad de repostar carburante en las paradas de boxes. Ahora habrá que combatir en la pista por las posiciones, como antaño. Vuelve el apellido Senna a la máxima categoría del automovilismo, el joven Bruno Senna, sobrino del mejor piloto de la Historia, correrá en Campos Meta, el primer equipo español de Fórmula 1. Jean Todt, antiguo jefazo de Michael Schumacher, será el Presidente de la FIA, en sustitución del mafioso Mosley, y Fernando Alonso correrá en Ferrari y dejará de arrastrarse por los circuitos con coches de mitad de la tabla para abajo. Ojalá volvamos a ver carreras como las de hace quince años.