martes, 10 de noviembre de 2009

La otra cara del Muro de Berlín

Resulta curioso que precisamente por estas fechas se esté hablando tanto en tantísimos medios de comunicación sobre el 20º Aniversario de la caída del Muro de Berlín. Se hace hincapié cien mil veces si es necesario en la terrible y agónica decadencia de un sistema económico, político y social -el comunista- que provocó la reunificación de las dos alemanias. Lo digo porque es precisamente en estos días cuando estamos asistiendo -ya parece que acomodándonos incluso- a la misma decadencia y desestructuración del otro sistema económico, político y social, el que resultó como "vencedor" en aquellos días de 1989. (La Puerta de Brandemburgo en los días de la caída del Muro de Berlín)

Una vez más, y gracias a la globalización, en televisión, radio, prensa escrita, en todas partes se habla sobre este acontecimiento histórico. Se publican reportajes, se emiten especiales y se proyectan documentales en todas las cadenas y canales de información. Se mantiene casi siempre la infantil y ya hedionda idea de que todos nos sorprendimos cuando cayó el Muro de Berlín, cuando era bien conocido por todos -por todos los que se interesasen por ello, claro- que Alemania Oriental, y a un nivel superior, la URRSS, arrastraban una crisis irreversible que terminaría en la desaparición de la primera y la desintegración de la segunda. Y también, curiosamente, en la inmensa mayoría de las ocasiones se predica la misma moraleja final: los ciudadanos de Alemania del Este obtuvieron, con la caída del Muro, la libertad y el acceso al Paraíso Terrenal.

No se suele hablar de que, por ejemplo, nada más caer el Muro de Berlín, prácticamente el 12% de la población de Alemania del Este se quedó sin trabajo al pasar a la Comunidad Económica Europea, ya que ese era el porcentaje que se ocupaba del sector de la agricultura en la Alemania prosoviética. Tampoco se habla de que Berlín Oeste vivía del mercado negro y del contrabando de múltiples productos básicos obtenidos a muy buen precio en Alemania Oriental, precisamente a costa de esa agricultura. Realmente esa fue una de las razones que llevaron a los dirigentes orientales a levantar el Muro en 1961. Pero si queremos encontrar razones, hay muchas más: espionaje, sabotaje, infiltración política, propaganda, inmigración clandestina, y un largo etcétera que, si bien no justifican para nada la injustificable división forzada de seres humanos, sí que ayudan a entender por qué Alemania del Este decidió levantar un muro tan costoso y tan vigilado.

Resulta triste comprobar la desilusión de aquellos alemanes del Berlín Oriental al darse cuenta de lo que ofrecía en realidad el sistema capitalista del Berlín Occidental. En el Este no podían comprarse fácilmente un Mercedes, un BMW, una lavadora nueva, ropa francesa, zapatos italianos o relojes suizos. Viajar a Cuba, Hungría o a la Unión Soviética no era suficiente, y no podían conocer otros países fuera del bloque socialista, ni disfrutar de la Costa del Sol en los días de vacaciones, como sí hacían los alemanes occidentales. Los obreros no podían escoger aquella profesión para la que se sentían predestinados, en lugar de trabajar en aquellas monótonas y viejas fábricas, y las amas de casa se lamentaban de no poder disponer de más que dos tipos de hortaliza para preparar la comida. Y todos se pasaban el día deseando que llegase aquel ratito de conectar a escondidas, desafiando a la Stasi, las emisoras de radio o las cadenas de televisión del Berlín Oeste, donde veían durante unos pocos minutos al día las esplendorosas imágenes de los parques y avenidas del Berlín del otro lado, y los anuncios publicitarios, donde siempre aparecían personas sonrientes luciendo algún flamante producto recién adquirido. Ellos, en cambio, siempre calzando los mismos zapatos, siempre vistiendo los mismos abrigos. (a la der.: vista lateral del Muro, con la Puerta de Brandemburgo al fondo).

Por eso, cuando empezaron a derribar a golpe de martillo aquel muro, en el que habían simbolizado toda su desesperanza, no se daban cuenta de lo que en realidad estaban dejando atrás. Cegados por el resplandor del capitalismo, por la posibilidad de poder acceder a todo aquello que se les mostraba desde el otro lado de aquel muro, no se dieron cuenta de que en pocos meses iban a sufrir las dos caras de la misma moneda. El paro laboral, algo a lo que ellos no estaban acostumbrados, se cebó en los alemanes orientales. El famoso concepto de economía planificada de Alemania del Este se vino abajo en un solo instante, y decenas de miles de trabajadores se quedaron sin su lugar de trabajo. Se acabaron los beneficios de una sociedad comunista, se quedaron sin calefacción gratuita en pleno invierno, sin poder acceder a una enseñanza universal pública y gratuita, sin aquellas dos hortalizas para hacer la comida. Y sin aquellos puestos de trabajo en aquellas viejas fábricas, ya que un altísimo porcentaje de ellas entraron en quiebra al no poder competir con las de Alemania del Oeste, los especuladores cayeron como buitres y estas empresas pasaron a manos privadas, junto con decenas de empresas estatales que ofrecían a la población servicios básicos prácticamente a precio de coste como el transporte, la energía, el agua, el gas, etc, y que fueron vendidas pensando sólo en el beneficio económico a corto plazo.

De la noche a la mañana todo se esfumó. Todos aquellos que antes tenían un empleo estable en Berlín del Este, aquellos que habían visto incrementados sus salarios significativamente desde 1980 a 1983 -más que en toda la década de 1970-, todos los que pagaban el alquiler de su vivienda con menos del 10% de su salario mensual, o todos aquellos que formaban parte de aquel 61% de población alemana oriental que disponía de uno o varios coches en sus respectivos hogares, y que sus hijos disfrutaban del acceso gratuito a universidades de todo el bloque socialista, todos ellos se vieron después subsistiendo bajo el umbral de la pobreza en sus respectivas ciudades o barrios. No sólo se habían terminado aquellas veladas del viernes en las mejores óperas y teatros del Berlín Oriental prácticamente gratis, sino que ahora debían ingeniárselas para poder comprar aquella barra de pan que antes costaba 5 céntimos de marco oriental, y ahora no se podían permitir. Ingeniárselas para no morirse de frío delante de aquellas salamandras enlozadas que antes calentaban día y noche sin interrupción. Sus hijos debían dejar los estudios en secundaria para conseguir algún trabajo, seguramente en el mercado negro o el contrabando, para poder mantener el hogar, porque su padre estaba desempleado, y el ama de casa ya no tenía dos hortalizas que echarle a la olla. Pero eso sí, podían todos ellos ahora acceder a comprarse un Mercedes, o irse a veranear a la Costa del Sol. Tardarían veinte años en darse cuenta: una reciente encuesta de la Universidad de Halle-Wittenberg dice que el 96% de los habitantes del la región de Sajonia-Anhalt añoran la Alemania Oriental porque entonces vivían mejor. Incluso el 23 % desearían volver a tener el Muro. Hasta los alemanes de Berlín Occidental echan de menos los tiempos de las dos alemanias, ya que el flujo de dinero de todo Occidente hacia la frontera del "telón de acero", dedicado a embellecer y engalanar la ciudad de manera ostentosa se había terminado.

El Muro de Berlín fue una barbaridad. Como lo son hoy en día otros muros, como el que está levantando Israel en Palestina, el que discurre por la frontera entre Estados Unidos y México, las alambradas y campos minados que construyeron los marroquíes contra el Pueblo Saharaui, o el que Occidente mantiene entre las dos Koreas. Fue una barbaridad, cierto, y ni esto pretende ser un artículo de defensa de un sistema oxidado y corrupto como lo fue el de Alemania del Este en sus años finales, ni la desaparición del muro fue la resolución de todos los males del planeta. Como dice muy acertadamente Julio Anguita en una entrevista que le hicieron estos días, "al equilibrio del terror que había antes le sustituyó un desequilibrio terrorífico", aludiendo a lo pernicioso de la hegemonía mundial que una superpotencia puede ejercer sobre el mundo, en este caso Estados Unidos. Nadie en pleno conocimiento de las circunstancias sociopolíticas anteriores y posteriores al Muro de Berlín puede decir que la justicia y la estabilidad mundial están mejor ahora, veinte años después, que en aquellos días de 1989. Pero, como ya sabemos, la Historia la escriben los "vencedores"... (a la izq.: señora de la Alemania del Oeste saludando a sus familiares de la zona Este)

7 comentarios:

PATAGONIA COMPETICION 2009® dijo...

Hola Fuser!! soy joacomio de gp4-argentina, pase a saludar!!

Gustavo dijo...

Increíble que en Alemania no te pudieras comprar un BMW o un Mercedez, por lo menos en el este.

Saludos

lynx_pardina dijo...

muy buen artículo fuser :)

lynx_pardina dijo...

jaja no sé no sé, a lo mejor lo cierro mañana, pero me dio una arroutada de necesidad expresiva y ese fue el resultado xD

lynxpardina dijo...

informo de pequeño cambio de dire... es q he tenido un lío con la cuenta y he tenido q cambiarla!

PATAGONIA COMPETICION 2009® dijo...

Fuser, has corrido en rfactor? Siempre estamos buscando mas gente para correr en el foro.
Saludos!

Juan dijo...

Comparto todas y cada una de tus palabras.