martes, 28 de abril de 2009

El enigma del Bounty

Hace unos días, por casualidad, vi por enésima vez la famosa película "Rebelión a bordo" (Mutiny On The Bounty, Lewis Milestone, 1962) en la que el grandioso Marlon Brando encarna al teniente Fletcher Christian y Trevor Howard al sádico capitán William Bligh. La increíble historia real en la que se basa la película tuvo su punto de partida en el año 1787 en el puerto británico de Portsmouth, al sur de Inglaterra. La Armada Británica le había encomendado al capitán Bligh traer desde Tahití un cargamento vivo del árbol del pan, con cuyo fruto la Corona pretendía alimentar a los esclavos que tenía trabajando en las islas del Caribe. El navío, el HMAV Bounty (cuyas siglas pertenecen a His Majesty's Armed Vessel, Velero Armado de Su Majestad); un carguero civil comprado por la Armada para tal empresa, estaba tripulado por marinos y por oficiales de la Armada. Debido al "exceso de celo" -tal y como lo describieron los jueces de la Armada- mostrado por el capitán Bligh a lo largo de la travesía, que infligía castigos corporales a sus hombres por cualquier nimiedad con un sadismo extremo, y llegando a asesinar a varios de ellos, se produce un motín en el año 1789 en las aguas de Tahití, cuyo cabecilla resulta ser el señor Christian Fletcher. Éste expulsa del navío al capitán Bligh y a algunos de sus oficiales y marineros, y los desembarca en una falúa -que en argot marinero es un pequeño bote de servicio- y les proporciona un sextante y unas cartas náuticas para que lleguen a la relativamente cercana isla de Tafoa. Pero el capitán Bligh prefiere cambiar su rumbo y dirigirse a la lejanísima isla de Timor (a 7.000km de distancia), habitualmente frecuentada por buques ingleses, para apresurarse así a llegar a Inglaterra y poder dar parte inmediatamente al Almirantazgo de la traición a la que había sido sometida la Corona, dando así comienzo a la caza de los amotinados. (foto 1: Marlon Brando y Tarita, protagonistas de la película de Milestone)

Pues bien, como el señor Fletcher dirigió al Bounty hasta las diminutas Islas de Pitcairn -por pura casualidad y pretendiendo esconderse de posibles perseguidores-, que estaban deshabitadas por entonces, y la película de L. Milestone termina allí (de forma dramática y siendo innecesariamente infiel a la Historia) sentí curiosidad por descubrir el verdadero final de tan fascinante aventura. Luego de indagar y rebuscar en varios sitios de internet, di con un libro, escrito por la historiadora norteamericana Caroline Alexander (La Bounty, editorial Planeta, 2002) en el que se afirma que el capitán Bligh no era ni más ni menos riguroso ni cruel que cualquier capitán de navío de la Armada británica de aquel entonces, y que el motivo del motín no habría sido otro que el deseo de los marinos de volver a Tahití a convivir con las mujeres que allí habían conocido. Lo que de verdad ocurrió en aquellos días de 1789 (curiosamente, el mismo año de la Revolución Francesa) entre Bligh y Fletcher quedará para siempre descansando en el pecio del Bounty, que reposa hundido en la llamada Bahía del Bounty (Bounty Bay), en la isla principal del pequeño archipiélago de las Pitcairn, la isla de Adamstown. (foto 2: panorámica de la Bounty Bay, en Adamstown)

Y es que los apellidos de los protagonistas de esta historia, Christian, Adams, Young, Quintal, Mills, McCoy, todos ellos todavía perduran en los nombres de sus descendientes, que siguen siendo hoy día los únicos habitantes de la isla, alrededor de unos cuarenta y seis residentes. Desgraciadamente es aquí mismo donde la historia pierde todo ápice de romanticismo y aventura. Una vez llegados los ocho amotinados a la isla en enero de 1790 se asentaron con rapidez, y junto a ellos, seis hombres y doce mujeres traídos de Tahití. Pronto surgieron los primeros problemas de convivencia -principalmente debido a que no todos los hombres podían estar acompañados de una mujer-, y algunos de corte racista por parte de algunos amotinados, que trataban a los tahitianos como esclavos. Las diferencias fueron resueltas la mayoría de las veces de forma violenta, resultando casi siempre con la muerte de alguno de los implicados. Las intrigas y conspiraciones se sucedieron año tras año, y se fraguó una micro-rebelión de los tahitianos contra los amotinados, asesinando a cinco de ellos, y poco después, éstos comenzaron a atacarse entre sí, y en una espiral de violencia, uno de ellos murió, otro fue asesinado por una de las mujeres, otro más a manos de dos de los amotinados sobrevivientes, y el último de ellos fue muerto por el joven guardiamarina Ned Young. Con esto, casi la mitad de la población por aquel entonces resultó muerta, y ello, sumado a que las mujeres y sus hijos eran muchos más que los hombres que quedaban, hizo que muchas de ellas tratasen de huir de la isla. Al no conseguirlo ninguna, idearon un plan para asesinar a los hombres, pero no prosperó y quedó en nada. Resulta tremendamente curioso cuán salvaje puede convertirse el hombre sin unas leyes que lo enmarquen dentro de una sociedad establecida, y lo cerca que todavía estamos, después de tantos milenios de evolución, de volver a la selva convertidos en un animal más. (foto 3: el HMAV Bounty en una pintura de la época. / foto 4: rudimentario embarcadero del Adamstown de hoy)

Ned Young y John Adams (de cuyo apellido deriva el nombre de la isla) asumieron el liderazgo de la población isleña, y contemplaron cómo en 1798, un marginado McCoy se suicidaba borracho de un alcohol artesano que había logrado destilar de una planta autóctona. En 1799 asesinaron entre los dos a Matthew Quintal, luego de que éste, en un ataque de locura, tratase de asesinar a toda la comunidad. Young murió afectado de asma en 1800, y John Adams se hizo con el total control sobre la población. Había aprendido a leer con la Biblia del Bounty, y había construido una pequeña escuela para los niños de Adamstown, donde la doctrina del cristianismo era parte muy importante de las enseñanzas que él mismo impartía. El primer contacto con un barco extranjero tuvo lugar en 1808, cuando el Topaz, un barco estadounidense capitaneado por Mayhew Folger desembarcó en la isla, asombrándose el joven capitán con la historia que John Adams le relataba. En 1814 fueron descubiertos por la Armada británica que, sin embargo, decidió no adoptar medidas represivas con Adams, y a partir de ahí fueron visitados cada vez de forma más asidua, hasta que en 1887, el Reino Unido se anexionó oficialmente la isla, que fue puesta bajo la jurisdicción de los gobernadores de Fidji. Hubo intentos de trasvasar la población a la isla de Norfolk, pero estos fueron en vano, ya que muchos de ellos no consiguieron habituarse. (foto 5: ancla original del Bounty, situada en la entrada del pueblo de Adamstown)

¿Es esta la historia de una pequeña revolución en el mismo año en que sucedería la Revolución Francesa, o se trata de las desgraciadas aventuras de un puñado de amotinados cualquiera? La respuesta no es sencilla, pero lo que sí es cierto es que pocas historias entremezclan tan bien altas dosis de idealismo y dignidad, al liberarse los marinos de su opresión, con las atrocidades y barbaridades cometidas por ellos mismos una vez conseguida su tan ansiada libertad.

lunes, 27 de abril de 2009

De cuando estuve en La Habana (4ª Parte)

(Ver la 1ª Parte, ver la 2ª Parte, ver la 3ª Parte)


Hace unos días estuve hablando con un amigo sobre estas entradas en las que describo mi paso por Cuba, y me preguntaba si en toda mi estancia en la isla no me había ido a ninguna fiesta, ya que el país es conocido, además de por otras cosas, por ser manantial inagotable de diversión.

Pues bien, siguiendo el orden más o menos cronológico de mi estadía, al tercer día se me terminaba la reserva en el Hotel Plaza. La noche anterior Guillermo y Felipe me habían presentado a Rodrigo, un estudiante de medicina mexicano, que junto a unos compañeros y un profesor pasaban unos días en La Habana asistiendo a unas jornadas sobre medicina que se daban en el Capitolio. Tuve la suerte de poder trabar amistad con él, y tener la oportunidad de departir en algunas ocasiones con un no-cubano sobre todo lo que estaba conociendo. Recuerdo con mucho agrado aquella noche en la terraza del Hotel Inglaterra, muy cerquita del Plaza, conversando con él, algunos de sus compañeros y su profesor compartiendo unas cervezas. Eso fue justo a la vuelta de que Guillermo y Felipe nos hubiesen llevado a conocer La Casa de la Música, un conocidísimo local de música cubana en la avenida Galiano, entre las calles Neptuno y Concordia, donde antiguamente estaba uno de los más famosos cines: El Jigüe. Había tocado aquella noche el que se decía era el mejor grupo contemporáneo de Cuba: Bamboleo. (foto 1: de izq. a der.: Guillermo, Felipe y Rodrigo en La Casa de la Música. / foto 2: momento de la actuación de Bamboleo)

Al día siguiente, el último en el hotel, aproveché al máximo el desayuno buffet, me puse hasta arriba de frutas, de hojaldres y de zumos naturales, y guardé un par de panecillos dulces en la mochila -nunca se sabe- mientras ojeaba unos planos de la zona donde estaba la que sería mi futura residencia por el resto de mi estancia, el barrio de Centro Habana. Tal y como había acordado con Guillermo, el último día de hotel llevaría mis cosas a su casa para quedarme. Fui a recogerlo todo a mi habitación, le eché el último vistazo a lo que serían las comodidades del mundo occidental -aire acondicionado, sábanas de algodón, una televisión por satélite que nunca llegué a usar, y un gran cuarto de baño revestido de impolutos azulejos blancos- y me aseguré de que ni el visado ni el pasaporte se me quedasen en la mini-caja fuerte del armario. Bajé a recepción para hacer los trámites de finalización de residencia, y me despedí de Frank, uno de los custodios del hotel, un joven negrito muy hablador con quien había tomado confianza. En el lobby del hotel compré algunas postales de la ciudad, escribí y las envié allí mismo, me conecté a internet, envié un par de correos, y salí del agradable y fresco Hotel Plaza al calor, la humedad y el olor a tráfico de las principales calles de la Habana Vieja destino a un número en la Avenida Zanja, Centro Habana.

Al llegar a casa de Guillermo inmediatamente me mandaron pasar, era viernes y estaban preparándolo todo para una fiesta. Creo recordar que era un ebbó, una fiesta-ritual relacionada con la santería de la religión afrocubana. Sacrificaban dos gallinas en honor a sus dioses, orishás y demás, y la anfitriona de la fiesta -una tía de Guillermo- invitaba a carne asada, dulces, cerveza y ron. Ella había estado ofrecida, había vestido totalmente de blanco durante varios meses -pude ver a mucha gente así por Centro Habana- y ataviada con adornos de cuentas amarillas, rojas y verdes muy brillantes para purificar su cuerpo y su espíritu, para resolver problemas de salud, estabilidad espiritual y cosas de esa índole, y ahora recuperaba su status de creyente normal y lo celebraba con aquella multitudinaria fiesta. Y digo multitudinaria, porque si en aquella casa ya vivía mucha gente, ya que era un antiguo edificio de tres pisos ahora completamente dividido en las viviendas de tíos, primos, hermanos, y el resto de la familia, durante la tarde-noche de la fiesta aquello se abarrotó de otros familiares, vecinos e incluso transeúntes que se apuntaban a la música, la comida, la bebida y el baile, ya que según la tradición, no se le puede negar alimento o bebida a nadie que entre en la casa durante la fiesta. (foto 3: la madre de Guillermo y la anfitriona de la fiesta mandando a una de las gallinas a la cazuela)

En una de las habitaciones de estar se colocó una especie de altar con representaciones de los dioses y diosas de la religión afrocubana rodeados de telas de colores, velas, luces y flores, y delante, en ofrenda para ellos y para los invitados, empanadillas, frituras, las dos gallinas asadas, varias clases de pasteles y dulces y una enorme tarta. También había objetos que tenían una representación religiosa, como unos trocitos de coco, que representaban al oráculo biagué, un plato con monedas y billetes, una campanilla, y unas maracas. La tradición dice que cada persona, como agradecimiento a la fiesta, debe dar dos sacudidas a las maracas, poner la voluntad en el platito del dinero, y tocar la campanilla, para que los orishás le otorguen salud, dinero y buena fortuna al anfitrión. Un vecino que solía encargarse de ello trajo un aparato de música con unos altavoces gigantescos que instaló en el patio interior de la casa, y enseguida empezó a tronar el reggaetón. Corrió el ron, y nos dieron unos vasitos de plástico llenos de la famosísima caldosa, también llamado ajiáco, un caldo cocido que ejemplifica la enorme y heterogénea mezcla de culturas cubana. Consiste en una mezcla cocida de viandas de las indiadas (boniato, malanga, maíz, patatas, yuca, etc.), con carne de vaca y de pollo, lacón y cecinas traídas por los españoles, guineas, plátanos y ñames de la cocina africana, y buena cantidad de especias orientales. A mí me supo a algo muy, muy parecido al típico plato de callos, pero un poco más especiado. (foto 4: Felipe y algunos de los chavales delante del altar santero. / foto 5: de izq. a der.: Aimée, la anfitriona y yo)

Por allí estaban Rodrigo y algunos amigos y amigas, que también habían sido invitados, estaba Ramsés, Guillermo, su novia Aimée, Felipe, la madre de Guillermo, su hermano Jordan, primos y primas, y muchísimas personas que no había visto -ni vería en los sucesivos días- pero que algo tenían que ver con todo aquello. Y niños, muchísimos niños corriendo y bailando por todas partes. Yo había estado caminando todo el día por la Habana Vieja, había llegado hasta el Vedado, y aún no me había habituado al calor del país, con lo que a eso de las tres de la mañana, y ayudado por la cerveza tropical, me empezó a invadir un sueño pesadísimo. Como no me habían todavía acomodado una cama, me dijeron que de momento iba a dormir en el cuarto de Javier "el negrón", un primo mayor de Guillermo, gran ajedrecista y muy aficionado al fútbol inglés, que esa noche se iba a dormir a casa de su "jevita". Las paredes eran de chapa de aglomerado, y estaba justo al lado de toda la santería y de toda la fiesta. En más de un momento creí que se me iban a caer dentro de la habitación decenas de cubanos y cubanas embriagados por el ron. Los tableros se bambolearon, pero afortunadamente aguantaron. Ya pasada una hora de acostarme, como a las cuatro, entró Guillermo medio "cocido" por los tetrabriks de ron blanco, y me trajo un plato enorme lleno a rebosar de cerdo con arroz, ya que estaban repartiendo un poco de comida para la gente. Le insistí que ya había cenado, que no podía más, pero es imposible convencer a un cubano enardecido por el ron, el reggaetón y la comida de una calurosa noche de fiesta santera. Quedó comprobado. ¿Fiesta en Cuba? Haberla, haila... (foto 5: yo echándole un trago a la lata de Bucanero. Cerveza + calor tropical = sueño)

viernes, 17 de abril de 2009

El libro del mes, "A punta de pistola"

Título original: "At the point of a gun"
Autor: David Rieff
Editorial: Debate
Impreso en: España
Ediciones: 1ª edición marzo 2007
Páginas: 272, 23x15 cm.


Como últimamente se le está dando mucho bombo en todos los noticieros y programas de actualidad al tema de los piratas somalíes, en las aguas del llamado "cuerno de África", os traigo un libro que leí hace algo más de un año, que creo viene al pelo, y que está de terrible actualidad. Es bien sabido que el problema "actual" de Somalia existe en aquella zona porque es una de las más pobres -y más pobladas- del tercer mundo. La simple contemplación de una imagen de su capital, Mogadiscio, con sus tres millones de habitantes, es razón de sobra para comprender por qué esos pobres desgraciados se tiran al mar en pequeños botes a capturar buques mercantes y lujosos cruceros del primer mundo que, por fortuna para ellos, pasan por miles frecuentemente muy cerca de la costa. Su organización territorial se compone por 18 "provincias", que desde 1990 se las reparten -a tiro de Kalashnikov- tres facciones distintas: los oficialistas somalíes, que dicen representar al Gobierno, los separatistas, y unos tribunales islámicos de corte radical que pretenden imponer en el país una teocracia similar a la de los talibanes en Afganistán. El país está sumido en una profunda y violenta anarquía tras una frustrada, desastrosa y chapucera intervención militar en 1992 por parte de los EE.UU. ("casi" perfectamente reflejada en la película "Black Hawk Down"), los cuales enviaron tropas para "colaborar" con el reparto de alimentos que enviaba la ONU, con intención de mitigar la creciente hambruna entre los somalíes

El libro que hoy os presento se trata, básicamente, de un ensayo sobre este tema, muy bien resumido en su subtítulo: "sueños democráticos e intervenciones armadas". David Rieff, conocido escritor estadounidense, corresponsal de guerra y reportero en nómina del New York Times Magazine, desglosa aquí todas sus teorías e ideas sobre el tema, y plantea la duda de si estas intervenciones armadas, auspiciadas por la ONU, son legítimas, o, por lo menos, necesarias. Analiza, con profundidad, y conocimiento de causa, los casos de la antigua Yugoslavia y Kosovo, Oriente Próximo, el genocidio de Ruanda, y ya más recientemente Afganistán y el caso "especial" de Irak. Quizá se trate de un libro un poco complicado de leer, más que nada por la enorme densidad de ideas y conceptos que se exponen en cada página, lo que lo hace un poco indigesto. Pero es tan grande el conocimiento del autor, y contiene tantas escenificaciones y notas históricas que lo hacen, por otra parte, enormemente interesante. (foto der.: miembro de los cascos azules en una base de la ONU en África)

David Rieff, anteriormente partidario de este tipo de intervenciones armadas, se declara ahora un tanto escéptico, y hace que con sus explicaciones se nos presenten las siguientes cuestiones: ¿tienen derecho los países del primer mundo al imponer sus ideales democráticos "a punta de pistola"? ¿debe occidente inmiscuirse en temas políticos de terceros países? ¿está representando la ONU un papel digno -y capaz- en todo esto?, y la más intrigante de todas ¿se corresponde esta ambición de proteger a la gente de las masacres y la penuria con los medios e inteligencia de occidente? Como bien dice Rieff en alguna de sus páginas, "la respuesta no es optimista". (foto izq.: David Rieff durante una conferencia)

jueves, 2 de abril de 2009

La película del mes: Gran Torino

Título original: Gran Torino
Año: 2008
Duración: 116 min.
País: U.S.A.
Director: Clint Eastwood
Guión: Nick Schenk (Historia: Nick Schenk, Dave Johannson)
Música: Kyle Eastwood, Michael Stevens
Fotografía: Tom Stern
Reparto: Clint Eastwood, Christopher Carley, Bee Vang, Ahney Her, John Carroll Lynch, Cory Hardrict, Brian Haley, Geraldine Hughes, Dreama Walker, Brian Howe, Doua Moua, Sarah Neubauer, Chee Thao.
Productora: Warner Bros. Pictures / Malpaso Productions / Double Nickel Entertainment


Aprovecho, ahora que inauguro esta sección en Ideas Telúricas, para hacer una especie de continuación de mi entrada Clint Eastwood, el Da Vinci del 7º Arte, publicada en enero, y donde hice un repaso general a la carrera de esta leyenda viva del cine. Remataba aquella entrada diciendo que, como buen admirador de Eastwood, esperaba con inquietud que llegase la última de sus "películas-doblete" -entiéndase, dirección y reparto-, de la que se rumorea que será la última que él mismo protagonice. No sé si un depredador del cine como él podrá resistirse dentro de uno o dos años a llevar al celuloide otra de esas fascinantes historias que saca de su imaginación y a las que nos tiene tan bien acostumbrados.

Pero bueno, dejando a un lado elucubraciones, y centrándonos en esta obra maestra -sí, otra vez-, tengo que decir que, en carga argumental y capacidad de sensibilizar al público supera, con creces, a su anterior obra-binomio "Banderas de nuestros padres", y "Cartas desde Iwo Jima". Esta espléndida "Gran Torino" está situada muy cerca de películas como "Un Mundo Perfecto", o más recientemente "Million Dollar Baby", historias con un sabor inequívocamente americano, que uno cree que sólo podrían tener lugar en el país de los grandes maizales de Alabama o en las grandes urbes del este y del oeste americanos. Pero lo curioso de Eastwood es que consigue que esas historias sean fácilmente extrapolables a cualquier país, cualquier sociedad y que cualquier persona las pueda sentir de cerca.

Del Eastwood director, no voy a decir aquí que haya hecho algo diferente con esta película de lo que nos tiene acostumbrados. Un cine directo, hecho con mano firme, pausado cuando hay que saborearlo, y agitado cuando nos quiere mantener sin pestañear. Cada escena de "Gran Torino", al igual que todas sus películas, está cargada con infinidad de detalles, nada se deja al azar, y todo está cuidado al milímetro, desde el encuadre a una mano hasta una larga secuencia general. Mezcla más sabiamente que nunca toques de inteligente humor con actitudes que te hacen odiar a su personaje. Y como actor principal, más de lo mismo. Espectacular, enérgico, activo, por él no pasan los años, tiene los mismos gestos y el mismo rostro de aquellos viejos westerns de bajo presupuesto a los que hizo grandes, y eso contribuye en nuestro subconsciente a crear aún más a su alrededor un aura especial, que lo hace protagonista en todo momento, aunque su forma de hacer cine respete y de el protagonismo necesario al resto del reparto. Una pega que le pongo -quizá por estar acostumbrado a ver muchas de sus obras con un 75% de "toque Eastwood"- es que no haya colaborado "oficialmente" en la banda sonora de la cinta, aunque es comprensible: se trata de una historia ambientada muy en nuestros días, sin sabor añejo, campestre o con tintes melancólicos. A cargo de la música de la película dejó, sin embargo, a su hijo mayor, Kyle Eastwood, que hace buena demostración de los genes que porta, con una banda sonora muy buena, contundente y moderna.

El guión tampoco es obra de Clint Eastwood, aunque sabe darle los toques que necesita para hacerlo suyo. La historia del hombre interiormente atormentado que llega al final de su vida cargado de prejuicios y desconfianzas (C. Eastwood) -probablemente adquiridos por una vida muy dura- tiene que aprender a vivir con ellos al lado de su casa, de forma literal. Sólo ama a su perra Daisy, y a su precioso y cuidadísimo Ford Gran Torino del ´72. Pero llega el momento en que debe tomar partido por algo, y en el fondo sabe qué cosas son justas y cuáles injustas. Se podría decir que este hombre aprende a vivir en paz, sobre todo consigo mismo, al final de su vida. En esta película se nota, más que nunca, que Eastwood siempre será ese pistolero forajido, bueno y malo al tiempo, terriblemente atormentado por malas obras en el pasado y con hambre de justicia. Y en "Gran Torino", la que dice que será su última película, no quiso dejar pasar la oportunidad de hacer un solapado homenaje a la filosofía del "outlaw" justiciero, el oscuro y carismático personaje que le hizo poder crear obras maestras del cine como ésta.

Altamente recomendada, yo le pondría un 9 sobre 10 a la versión original, porque en la versión doblada al español tenemos que sufrir el error garrafal del pésimo doblaje de todos los integrantes de las bandas callejeras que salen en la película. Señores productores, sabemos que hay crisis, pero un personaje, aunque salga en dos o tres escenas en toda la película, tiene que rayar al mismo nivel que el conjunto, porque de lo contrario el choque es brutal. Indignante.