Nada se habló sobre esta nación latinoamericana en todo el mundo tras aquella ignominiosa guerra fomentada desde el exterior por Inglaterra, y justo hace pocos días el primer Presidente progresista del Paraguay desde entonces, Fernando Lugo, fue apartado ilegítimamente de su cargo y contra la voluntad de la mayoría de paraguayos, poniendo fin al pequeño intervalo de dignidad popular que supuso su inconcluso primer mandato en casi un siglo y medio de infamia.
Un país que creció hacia adentro
Encajonado entre Argentina, Brasil y Uruguay, lo cierto es que el Paraguay de finales del siglo XIX ya era el país más desarrollado de América Latina, y el único del continente -incluso durante muchas décadas después- en poner en práctica una acertada política de desarrollo independiente que irritaba mucho a las potencias occidentales, que ya habían mudado sus pretensiones colonialistas tradicionales por otra forma de dominio imperialista de carácter mercantil, pero no menos pernicioso. Ya en la primera mitad del siglo XIX y bajo su prolongada dirección, Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) había logrado que en el Paraguay no existiesen las guerras ni los mendigos. Su actitud dictatorial, a pesar de haber sentado las bases del independentismo económico del país, fue enormemente denostada, e incluso distorsionada, por muchos intelectuales de la izquierda más ortodoxa, llegando Pablo Neruda a dedicarle algunas de sus geniales composiciones tachándolo de "rey leproso rodeado de yerbales".
Lo cierto es que, por increíble que parezca, en el que hoy es el tercer país más pobre de la región, ya con los siguientes gobiernos de Carlos Antonio López, y posteriormente el de su hijo Francisco Solano, el analfabetismo había sido erradicado de su población -algo que ni en Europa sucedía-, y el Estado sustituía a una burguesía inexistente en la propiedad (no en vano el 98% del territorio nacional era de dominio público), y en el control y en la planificación de los medios de producción y de la economía del país. El Paraguay podía compararse con los países más desarrollados de Europa: ya había conseguido construir su propia línea de telégrafos -las telecomunicaciones más avanzadas de la época-, una completa red de ferrocarril y un suministro constante de materiales de construcción elaborados de forma autónoma. Poseía la mayor y más moderna industria de defensa para nutrir al mejor ejército de todo el continente, ejército que, además, se mantenía en paz. Y a pesar de no contar con salida natural al mar, el país era propietario de una gran flota mercante nacional que surcaba todas las aguas del planeta. El Estado paraguayo poseía una economía con superávit que le permitía abordar ambiciosas obras públicas sin parangón entre los países vecinos, muchas de ellas enfocadas a aumentar la producción agrícola, tales como sistemas de regadío, presas, canales, puentes y caminos, lo que junto con la recuperación de la doble cosecha anual de tradición indígena, el país era el mejor productor agrícola de la zona, y todo ello sin requerir empréstitos a bancos extranjeros ni contribuir al endeudamiento externo del país. El sistema agrario era lo más novedoso por entonces en el continente, y rescatando alguno de los pilares agrícolas que ya habían puesto en práctica antiguas civilizaciones como el Imperio Inca, el Estado cedía a los campesinos el usufructo de las propiedades agrícolas con la obligación de poblarlas y hacerlas producir de forma permanente y sin la posibilidad de venderlas, obteniendo un porcentaje de la producción para consumo propio. El excedente de la producción agrícola se destinaba a satisfacer las necesidades alimentarias de la población que no tenía acceso directo a tierras cultivables. En el Paraguay de 1850 no existía la desnutrición que sí atenaza incluso hoy en día diversas poblaciones de la región.
El proteccionismo económico del Paraguay -eso que EE.UU. aplicó tradicionalmente dentro y fuera de sus fronteras- era muy estricto: ni siquiera en los ríos de su posesión podían navegar los buques mercantes británicos que vendían sus mercancías por todo el continente. Esa era la mejor forma de mantener una industria nacional pujante, alejada de las grandes fábricas europeas que vendían a precio de oro cualquier baratija de hojalata. En las fundiciones de Ibycui se fabricaban desde cacerolas hasta obuses y balas, pasando por estribos y piezas mecánicas para la industria paraguaya.
Independencia o Muerte
Aquel pequeño gran país fastidiaba el negocio de los banqueros de Londres y de los industriales de Manchester y Liverpool, e Inglaterra no tardó en conspirar: un ministro británico, Sir Edward Thornton, fue el principal artífice de todo lo que se iba a desencadenar para destruir aquel peligroso foco de resistencia económica anticolonialista. Thornton dirigió la política del presidente argentino Bartolomé Mitre para provocar la guerra en alianza con el Brasil de Pedro II. Para completar la "tenaza" que ahogase al Presidente paraguayo Solano López faltaba el Uruguay, cuyo gobierno no estaba del todo convencido con el asunto. Fue sencillo: Inglaterra financió -como lo haría luego con toda la guerra posterior- la invasión del Uruguay por Venancio Flores, que instauró allí otro gobierno títere a las órdenes argentinas y brasileñas. Sólo quedaba un asunto: ¿cómo iban a pagar los tres países agresores el gasto de la contienda? Al instante llegaron los banqueros londinenses para ofrecer a las marionetas créditos multimillonarios con cargo a los respectivos y maltrechos erarios públicos. Inglaterra, como la banca, siempre ganaba. Hizo además el reparto de las posesiones del vencido antes incluso de declararle la guerra, en un tratado que se firmó el 10 de mayo de 1865. A Argentina le tocaban los inmensos territorios que hoy ocupa su provincia de Misiones, y todo el Chaco argentino, cerca de noventa y cinco mil kilómetros cuadrados. Brasil extendería sus fronteras ocupando más de sesenta mil kilómetros cuadrados de territorio paraguayo hacia el oeste. Uruguay no recibiría nada. Ese era el precio de ser escudero de un vasallo. Los banqueros londinenses, en campaña publicitaria para vender a los países agresores sus terribles créditos de guerra, decían que la guerra se acabaría en tres meses. Duró cinco años.

Humillado el vencido, pero también los vencedores
Cinco sextas partes de la población paraguaya fue asesinada en la guerra. Además, muchos paraguayos prisioneros de guerra fueron deportados como esclavos a las plantaciones de café del Brasil. El país fue objetivo de los buitres financieros, y se vendió todo, las fincas estatales, las industrias, las plantaciones comunitarias, incluso los edificios institucionales, las escuelas y los hospitales. Todo quedó en manos de los generales vencedores, que instauraron un régimen acólito, así como el latifundio y el libre mercado, abierto al fin para las mercancías de Manchester y Liverpool.
Pero al mismo tiempo, Argentina, Brasil y el Uruguay vieron cómo sus precarias economías colonizadas se habían hundido ya del todo, a causa de los enormes intereses de los créditos que habían firmado para financiar aquella masacre. Nunca más se recuperarían, así como tampoco se recuperaron sus poblaciones de la enorme cantidad de muertos que sufrieron, solamente para que sus gobernantes se enriquecieran como siervos de una potencia extranjera e imperialista.
Mientras tanto, Inglaterra vio cómo aumentaban sustancialmente sus ganancias gracias, además de al nuevo mercado que suponía el saqueado Paraguay y a los los intereses de los créditos de Argentina, Brasil y Uruguay, a los nuevos financiamientos que empezarían a caer instantáneamente en el país vencido: el primero ya de un millón de libras esterlinas -del cual sólo la mitad llegaron al Tesoro público-, elevando la deuda paraguaya en sólo en un año y gracias a posteriores refinanciaciones, hasta más de tres millones de libras.
De aquellos barros, estos lodos

No resulta demasiado difícil comprender por qué Fernando Lugo no pudo completar su primer mandato democrático al pretender establecer otra forma de hacer política en aquel país -cuyos dirigentes, desde 1870 no dirigían su mirada hacia la paupérrima población-, y podemos deducir que, tanto su política unificadora -otorgándole cargos a miembros del Partido Colorado-, como la elección de la opción reformista en lugar de la revolución ciudadana vinieron forzadas por la misma causa: la escasísima tradición democrática y popular del país, debido a la deformación cultural y el atraso al que está sometido, desde 1870, el Pueblo paraguayo.
Eduardo Galeano escribió, en su magnífica obra "Las venas abiertas de América Latina", que la Triple Alianza sigue siendo un éxito.
"Los hornos de la fundición de Ibycui, donde se forjaron los cañones que defendieron la patria invadida, se erguían en un paraje que ahora se llama Mina-Cué, que en guaraní significa Fue Mina.
Allí, entre pantanos y mosquitos, junto a los restos de un muro derruido, yace todavía la base de la chimenea que los invasores volaron, hace un siglo, con dinamita, y pueden verse los pedazos de hierro podrido de las instalaciones deshechas. Viven, en la zona, unos pocos campesinos en harapos, que ni siquiera saben cuál fue la guerra que destruyó todo eso." (Eduardo Galeano, "Las venas abiertas de América Latina", 1971).
Esto es lo que quiso cambiar Fernando Lugo, y por eso fue traicionado y apartado del gobierno. La buena noticia, sin embargo, es que todavía quiere cambiarlo.
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